LA VIA PANY-FERRERA EN LA MURALLA N. DE PEDRAFORCA
El autor de la nota que sigue, buen amigo mío, me ruega dos
palabras de introducción, pues su modestia le obliga a ello;
no obstante es de todos sabido que bien pronto sonará su nombre
como escalador de primera línea; o sino habla bien elocuentemente
la reseña citada. La Cara N. del Pedraforca parece haber caído
ya casi totalmente ante el empuje de reiterados ataques; después
de las ascensiones "de descubrimiento" de Luis Estasen, nombre
nunca bien ponderado, nos cupo la suerte a mi buen amigo J.M. Vilaret
y a mí de iniciar el ciclo de escaladas a la muralla N., en
1932 con la "Drecera de Riambau", que fue seguida de otras
ascensiones de importancia entre las que destacó la Primera
ascensión a la Via del Gat, por Albareda, Buxeda y Homedes,
que costó la vida a este último. Pero todas estas escaladas
ante-guerra, ha sido superadas ya. Una nueva generación de escaladores
de post-guerra, ha iniciado una brillante campaña, y nueva sangre,
nueva moral y nueva técnica han dado nuevos y sazonados frutos,
de los que uno de los más destacados es esta soberbia ascensión
que abre entre nosotros un mundo de posibilidades: Jorge Panyella y
Jorge Ferrera, hacen en ella su consagración como alpinistas.
La muralla N. ha sido la consagración de otros tantos y lo será de
muchos más; tal vez por eso deja en todos un sabor inolvidable
a través de las variadas aventuras montañeras: y pasan
los años y al pie de estas cumbres, volvemos a mirar estos peñascos
y estas llambrias con la misma sed de emociones de antaño. La
muralla N. está siempre pronta a brindar las más inauditas
aventuras.
N. Ll. Ll.
PRIMERA "DIRECTA" EN LA PARED N. DEL CALDERER
Es con motivo del I Campamento oficial del G.A.M. que tengo ocasión de admirar por vez primera la pared norte del Pedraforca. A pesar de la enorme grandiosidad de toda la muralla, es el trecho inferior a la cima del Calderer, que, virgen aún de huella humana, ha inspirado una gran obsesión en lo más profundo de mi ser, mas, mi reducida práctica de escalada y desconocimiento total de la pared me obligaron a tener un poco de paciencia.
Han pasado cerca de dos años, y próximos ahora a unos días de vacaciones, estudiamos proyectos.
Mi compañero es ahora Jorge Panyella. Pany, como le llamamos nosotros.. Próximo a ausentarse de Cataluña para los efectos militares, quiere aprovecha una quincena de días de que dispondrá para resolver algunos de los muchos problemas que aún constituye la pared norte de Pedraforca. Yo procuraré efectuar mis vacaciones dentro de esos quince días.
Antes de marchar le comunico mi proyecto respecto a una posible ascensión "directísima" al Calderer, a la que se adhiere espontáneamente.
23 de agosto de 1941.- Reunidos ya en la Jassa dels Prats, donde tenemos instalado el campamento, observamos el objeto de nuestras ansias.
Si desde la cima del Calderer trazásemos una vertical hasta la base, cortaríamos por la mitad el área de pared virgen a que me refería.
El aspecto de este trozo de pared es particularmente salvaje; inmensas columnas de roca adosadas a la pared y suspendidas en el vacío forman la mitad inferior, mientras unos rellanos descompuestos, en medio de los cuales se inician fajos de agujas que diríase intentan asomarse a un gran rellano inclinado, del que nacen gran número de canales en un estado de descomposición fantástico, y que ascendiendo por unos cien metros van a morir en la cresta superior próxima a la cima, constituyen la mitad superior.
24 de agosto.- Son las 7, poco más o menos, y ya las aves han empezado sus gritos y vuelos. Mientras elegimos el material, ingerimos el almuerzo. Cargamos 40 metros de cuerda, una docena de pitones, dos martillos, media docena de mosquetones, y con unas pocas provisiones de boca, completamos las mochilas. De momento nos dirigimos al inicio de la vía Pany, cerca de la canal Homedes. Luego vamos inclinándonos más a la derecha, ascendiendo por el rocamen a buen paso y sumando los efectos de un sol de agosto: el resultado es una buena sudada.
Nuestra intención de atacar la base de la pared por una especie de media pirámide superpuesta a ésta, único procedimiento posible, queda defraudada al acercarnos lo suficiente; así es que cambiando rápidamente de plan, nos dirigimos unos cincuenta mts. más a la derecha, casi en el interior de un embudo formado por la vertiente derecha de la dicha pirámide y unas placas inclinadas que quedan más a la derecha, llegamos debajo unos grandes bloques adheridos a la base de pared.
Efectuamos el cambio de calzado y mientras nos repartimos el material de escalamiento comentamos la trágica muerte de Antonio Ciurana (q.e.p.d.) que a unos cientos de metros más a la derecha pereció en 1933 intentando ascender la misma pared norte.
Una vez listos, iniciamos el ataque superando directamente un grueso bloque que obliga a un rudo trabajo de brazos y manos. Pany, que después de una pequeña discusión ha conseguido el lugar de cabeza de cuerda, actúa con seguridad admirable. Supera pequeñas balmas sirviéndose solamente de las manos, y con los pies colgando en el vacío. Mi situación, un tanto comprometida, no me permite grabar en la película de mi máquina fotográfica motivos tan soberbios. Ha terminado los cuarenta metros, y aún no le he oído clavar un pitón; asciendo hasta él y lo encuentro haciendo equilibrios encima de un pequeño saliente de la pared. Comentamos bromeando la "formidable seguridad" con que trabajamos, y con unas cuantas posiciones extrañas continúa ascendiendo otra vez, y así otros cuarenta, y otros, y otros, hasta un paso que se puede calificar sin miedo a error de "extremadamente difícil". Agarrado con las uñas a una placa pétrea de una lisor escalofriante y con las puntas de los pies, rascando rabiosamente la pared, logra superar un primer trozo de un par de metros, donde, al fin, coloca un pitón.
Este primer paso de "sexto grado" ha puesto de relieve una vez más, sus magníficas dotes de escalador.
Quince metros más de esta categoría son superados, ahora mediante alguno que otro pitón. De los seis pitones clavados sólo logro recuperar cinco; el primero de la placa lisa no me es posible, ya que lo he de utilizar como presa. Cuarenta metros encima de la placa lisa, el terreno mejora enormemente, y unos metros después nos situamos en un pequeño rellano en el que aprovechamos un corto descanso para ingerir algún alimento: una lata de mermelada, galletas, un poco de fruta seca, etc. Mientras Pany fuma un cigarrillo, construyo un montón de piedras con el bote y unas indicaciones escritas dentro y por este motivo lo bautizamos con el nombre de "Collet del Pedró". Pany, aunque un tanto descansado, está un poco agotado por los últimos esfuerzos, y a instancias mías efectuamos el cambio de cabeza de cuerda.
Así preparado, asciendo por un fácil camino descompuesto y desemboco al inicio de una cornisa de gran ascendencia y de paso delicado; al final de ésta, que queda cortado a pico, inicio una travesía descendente salvando unas pequeñas crestas hasta un pequeño rellano. Hasta aquí, suponemos haber ascendido en pared cosa de quinientos metros, medida bastante acertada por cierto.
Efectuamos otra vez el cambio, y Pany vuelve otra vez a hacer de las suyas: primeramente tantea una cresta que va enderezándose y termina en una balma insuperable, sin otra salida de inclinarnos un poco hacia la izquierda. Esta traviesa, segundo punto de crecida dificultad, es superada casi en su totalidad sin aseguranza, ya que, a pesar de ir atados, no hay persona capaz de sostener una caída de cerca treinta metros. La dificultad crece de grado, hasta el punto de que, a pesar de la necesidad apremiante de colocar algún pitón, ha de avanzar otro par de metros en la más completa tensión nerviosa, hasta poder librar una mano y lograr filtrar la clavija un centímetro, dejándola en estado de sostener el mosquetón y la cuerda, la persona, no. Pero como la moral de escalada se la hace uno mismo, Pany se fabrica una buena dosis y con ella sigue adelante; por fin se termina la cuerda, y no tengo otro remedio que iniciar la traviesa para cederle cuerda, hasta que a unos diez metros más logra llegar a seguro. Coloca un pitón un poco más seguro y me avisa que puedo seguir avanzando, lo que consigo hasta unos veinte metros, no más, imposibilitado de seguir adelante, ya que he avanzado unos metros más debajo de lo que debía. Mi compañero se ve obligado a volver atrás hasta el pitón inseguro, al mismo tiempo yo intento asegurarle aunque de una forma muy problemática, y es en este otro paso extremadamente difícil, donde, después de recuperado el pitón y volviendo al punto de partida, al superar con una contracción una pequeña balma, las manos se le desprenden de la roca y es lanzado al vacío, quedando milagrosamente suspendido de la cuerda de aseguranza. Lentamente y agotado, vuelve hasta el último pitón. Para reunirme con él me veo precisado a superar una limpia balma de unos quince metros, que sólo logro salvar gracias a una cuerda de ayuda que él me ha lanzado.
Una vez sobre el terreno más seguro, un descanso, aunque ligero, se impone. Son poco más o menos las ocho de la tarde y aún queda claridad en el espacio. Fumamos un cigarrillo y efectuamos otra vez el cambio. Avanzo por una canal, que a pesar de su verticalidad está terriblemente descompuesta, y con sumo cuidado voy ganando altura, y vuelven a sucederse largos y más largos de cuerda. Otra vez cambiamos de posición. Pany emboca un largo canal de pasos comprometidos pero bonitos que nos conduce a un gran rellano. Ya cerca de la cima una fresca brisa nos estimula y limpia los sentidos, que ya empiezan a pedir descanso, y que, a pesar de necesitarlo, nos fue negado por los hechos inesperados que ocurrieron.
La obscuridad se hace cada vez más intensa, y es en la cima tan deseada donde, por medio de la chispa del encendedor nos enteramos que las once han dado ya, y es ahora, entre almendra y terrón de azúcar, que, como podemos, intentamos hacer comprender por medio del libro-registro, que se ha efectuado esta nueva vía. Son las once y media e iniciamos el descenso. Unos metros de cresta, un rapel, media hora de "tartera" hasta la enforcadura donde respiramos un tanto descansados. A las doce y media la balma del Calderer nos ofrece unos buenos tragos de agua fresca, que junto con una infernal lata de sardinas con tomate, constituye un refresco y estimulante de mil demonios. Suerte de este estímulo, pues unas voces procedentes del "Cim dels Cabirols" nos llaman la atención: y es que después de efectuar la ascensión al "Gat" hasta la base del "Cim dels Cabirols", recoger dos compañeros nuestros, que inmovilizados por la rotura de la cuerda ya no confiaban descender aquella noche, efectuar los cuatro el descenso desde las orejas del "Gat" hasta una pequeña balma situada casi al final de la "tartera" que, tocadas las seis de la madrugada, cuando ya el nuevo día apuntaba, nos tumbamos a trabar conocimiento con una siestecita un par de horas, que para nosotros (después de 23 horas de trabajo agotador), fue el punto final.
Nota técnica.- En este escalamiento han sido empleados catorce pitones y 10 horas de escalamiento efectivo. El desnivel es de 800 metros. Puede ser considerado de "quinto grado superior" y sobrepasa en mucho, en dificultad y desnivel, la via del "Gat" de la misma pared norte.
Jorge FERRERA (G.A.M.)