UNA NUEVA VIA EN LA PARED NORTE DE PEDRAFORCA

De una ascensión con Vicente Barbé.

Si una escalada en el Pirineo es siempre, como dice nuestro amigo señor Llopis, una verdadera aventura, ¿ cuánto más completa en emociones no será una primera ascensión ? Esta palabra ahora casi extraña a nuestros oídos vuelve hoy a sonar, pero esta vez en ojeada retrospectiva.

Quizá un puritano no admita para la presente ascensión este calificativo y prefiera el de variante, pero como lo cierto es que el itinerario, si no completo, en parte, fue recorrido por vez primera en el desarrollo de la que reseña nuestro amigo y compañero Raimundo Estrems, en memoria de aquel que fué componente del G.A.M. y compañero querido Vicente Barbé, proponemos sea llamada VIA BARBE.

Tanto éste como Raimundo Estrems, son sobradamente conocidos entre los amantes actuales de la montaña difícil. En una nota necrológica publicada en la Circular del Club, dióse a conocer la magnífica ruta siempre ascendente de nuestro malogrado compañero Barbé y podríamos decir de Estrems, sin temor a ser injustos, que la constancia y el gusto, quizá algo fuera de lo corriente, junto con las dotes indispensables a todo buen montañero, hacen de él un compañero de cordada ideal. Buena prueba de ello es la ascensión reseñada en la que, la buena compenetración entre los compañeros mencionados permitió una excelente victoria en circunstancias que elevan más aún el valor de la misma. Ambos, sin desdeñar la dificultad, amaban la belleza y la lógica de las rutas alpinas y desde algún tiempo habían acariciado la idea de resolver una vía que permitiese ascender al GAT (se refiere al pico secundario situado entre el Collet de la Cova y la cresta de Saldes), por el trozo de pared, al parecer inaccesible, situado entre la Vía "Panyella" y la "Homedes" (la "Vía Homedes" llamada también la Pared del Gat). Las condiciones atmosféricas reinantes dieron, como antaño, un ambiente de dantesca belleza a aquella lucha que Estrems mismo empieza a contarnos...

J.F. del G.A.M.

LA VIA BARBE

16 de Agosto de 1941: Desde antes de medianoche la lluvia caía insistentemente sobre la pequeña tienda donde mi compañero y yo estábamos cobijados. Medio dormidos dentro de nuestros sacos, oíamos las gotas estrellarse contra la lona, recordándonos lo que tantas veces habíamos vivido: la niebla impenetrable, la pared ennegrecida de agua, la roca fría resbaladiza. Todo ello mezclado con nuestro proyecto trazado.

Hacía tiempo nos había llamado la atención la canal que baja de la brecha del Gat hasta el pie de la pared, a pocos metros de la Vía Homedes y, por ella, pensábamos llegar hasta el Gat.

-No podréis pasar-nos había dicho un amigo y buen escalador-. A la mitad os encontraréis unas paredes verticales que parecen tener la viruela; se descomponen en pequeñas piedras y no dejan "presas", ni grietas para clavar pitones.

No se lo habíamos discutido. Hoy lo veríamos y estábamos seguros de encontrar paso.

Amanecía y la lluvia había cesado. Un poco de optimismo nos ayudó a dejar el saco donde tan cómodos estábamos, nos vestimos y salimos de la tienda. Allí, nuestro optimismo decayó al vernos rodeados de una niebla que apenas veíamos el suelo.

-Con el día se levantará la niebla- decía Vicents, como nombrábamos a Barbé.

Ni él ni yo estábamos convencidos de ello, pero queríamos creerlo; queríamos subir a la montaña.

Una hora más tarde salíamos del campamento en dirección a la pared y sin cambiar una palabra, subíamos por el bosque. La niebla parecía haberse enredado entre las ramas de los pinos y quizá por esto no se marchaba.

A las diez menos cuarto, estábamos al pie de la canal. Yo miraba de reojo a Vicents que escudriñaba en dirección a la pared, como si quisiera perforar la niebla con la mirada. No veíamos nada; sólo oíamos el agua que caía por la misma. Algo desmoralizados, nos sentamos sobre las piedras mojadas. A 500 metros sobre nuestras cabezas estaba el Gat. De pronto la niebla empezó a moverse primero lentamente luego con más rapidez. Por fin se abrió y a través del claro, vimos la pared. Un débil rayo de sol llegó casi hasta nosotros. Ya ninguno de los dos pensaba volver al campamento.

Rápidament nos encordamos a 35 metros y empezamos el primer largo de cuerda. A los 30 metros nos reuníamos en un rellano; un desplomo nos cortaba el paso por la canal. Ocho metros a la dercha, el desplomo desaparecía; por allí empezó a subir Vicents. No era ningún juego y la roca lisa y saturada de agua, obligaba a pitonar. A los 15 metros de cuerda, salvado el desplomo, empezó a flanquear con dificultad hacia la canal, por allí la roca era pobre en agarraderos; no admitía pitones y la canal estaba lejos. Largo como era, separaba las piernas y sus dedos aprovechaban las pequeñas y escasas incisiones de la roca. A pocos metros de la canal, intentó clavar un pitón extraplano, pero la roca lo rechazó. Metiéndose el clavo en el bolsillo continuó hasta la canal.

-No hacía falta- me dijo después.

Al reunirme con él , después del flanqueo, había comprobado la dificultad del paso y la confianza que tenía Barbé en sí mismo.

Sin encontrar ninguna dificultad ascendimos otros 50 metros. Por allí la canal se enderzaba y convertíase en una chimenea; la pared de la derecha, algo inclinada era el lecho de agua que se escurría por la canal; la izquierda estaba en desplome. La niebla, aunque menos densa, ahora no nos dejaba ni un momento de visibilidad.

A cuatro largos de cuerda unos bloques aprisionados en la canal la convertían en un pequeño túnel. A la salida del agujero reunimos cordada sobre uno de los bloques. Un claro en la niebla nos mostró la muralla: la pared de la izquierda tenía ya la "viruela" y subía unos ochenta metros verticales. A pocos metros de nosotros la canal se bifurcaba. Una cruzaba la llambrias verticales en dirección al Gat, convirtiéndose en una estrecha fisura que consideramos impracticable; la otra perdía verticalidad y moría a unos 60 metros en una grieta en forma de cueva. Por ésta ganaríamos altura, después quizá podríamos flanquear hasta la otra.

La niebla se cerró de nuevo, densa e impenetrable, obscurecióse el día; el granizo no tardó en rebotar sobre la roca. Tan rápidamente como pudimos ganamos la poca distancia que nos separaba de la "Cueva", donde llegamos algo mojados; el granizo caía en abundancia.

Pasada hora y media dejábamos la cueva y empezábamos un flanqueo ascendente, hacia la canal del Gat; la lluvia había cesado casi por completo, pero el trabajo era duro, la roca estab envuelta en una red de hilos de agua y el frío se dejaba sentir.

Yo, con las cuerdas duras, aseguraba a Vicens que avanzando con lentitud desaparecía entre la niebla. A los 15 metros las cuerdas se detuvieron unos instantes, después le oí pitonar, un metro más de cuerda y el sonido metálico de otro pitón, dejóse sentir, luego otro y después... silencio.

Diez metros de cuerda se deslizaron lentamente, después con rapidez... ya había pasado. Me quedaban dos metros de cuerda cuando me llamó y al reunirme con él, estábamos de nuevo en nuestra canal encima de las paredes verticales que según nuestro amigo tenían la "viruela".

Ya habíamos pasado, pero aún nos faltaban unos ciento cincuenta metros de pared. Como un lienzo húmedo la niebla nos envolvía, el frío y algunas gotas de agua que continuaban cayendo, nos advertían que debíamos acabar lo más pronto posible.

A unos 40 metros, la canal pasaba de vertical a desplome. No pudiendo ascender directamente Vicens empezó a tantear la pared de la izquierda que resultaba más practicable, pero no fácil y menos en aquellas condiciones. Tenía ya Vicens 10 metros de cuerda cuando las gotas de agua se multiplicaron y se mezclaron con granizo; volvía a llover. La lluvia caía sin piedad sobre nosotros, las manos mojadas y fría perdían el tacto sobre la roca, la escalada no era ningún juego agradable. Era lucha. Olvidamos el mundo allí abajo y toda nuestra atención se concentró en la roca y en la cuerda; aquel día la montaña exigía toda nuestra voluntad.

Reunimos cordada en una ancha cornisa que nos llevó de nuevo en la canal encima del desplomo. Desde allí con tres largos de cuerda por encima de la roca mojada e insegura, subimos hasta la brecha del Gat, por donde la niebla desfilaba lentamente.

No habíamos terminado, nos faltaba la aguja, del Gat; encima de las orejas terminaba la vía que habíamos proyectado. La lluvia había cesado; Vicens volvió a desaparecer entre la niebla.

Al vernos de nuevo estábamos sentados sobre las orejas del Gat, nuestros músculos sentían aún la tensión de la lucha. Sobre nosotros no había nada más que la niebla y el cielo.

Una hora más tarde envueltos por una lluvia finísima, bajábamos por la tartera camino del campamento, donde llegamos ya de noche cerrada.

RAIMUNDO ESTREMS
del G.A.M.